«No hay mal que por bien no venga»

Puede que el origen de nuestra historia se esconda detrás del famoso dicho “No hay mal que por bien no venga”. 

Enseguida os contamos el porqué.

Nos conocimos en un centro de rehabilitación, donde nos atendía la misma fisioterapeuta. Llevábamos unos meses de recuperación, después de haber sufrido, cada uno por su cuenta, un accidente que nos dejó a los con muletas y cojos como peonzas. 

Yo me rompí la rodilla izquierda; él el tobillo derecho. 

En realidad, llevábamos tiempo acudiendo a diario a la clínica, sin coincidir. Recuerdo que nuestra fisioterapeuta se fue de vacaciones, y entonces llegó un sustituto. Este me cambió el horario, entonces empecé a ir a consulta un poco más tarde. 

Un día, estaba en un box cerrado, recibiendo no sé qué tratamiento para mi rodilla chunga, cuando de fondo, entre murmullos y varias voces, escuché una en particular que me llamó la atención.

Mi tratamiento duraba unos 25 minutos dentro del box. Estuve todo ese tiempo curiosa y deseando salir afuera para descubrir de dónde provenía aquella voz. Francamente, no sé muy bien por qué me resultó tan magnética aquella voz. Pero así fue.

A partir de aquel día, seguimos coincidiendo día tras día, y compartiendo un espacio un tanto incómoda y desagradable. 

En aquella sala de rehabilitación, se respiraba dolor, angustia e impaciencia. Los enfermos, cojos y mancos que ahí pasábamos nuestros tiempo, entrábamos por la puerta deseando salir y alejarnos de ese lugar.

Los lisiados más jóvenes hicimos grupito y nos juntamos un par de veces a almorzar, una vez terminada nuestra sesión de rehabilitación. Ahí empezamos a conocernos, a intercambiar palabras, miradas y gestos.

Lo cierto es que, por aquel entonces, los dos teníamos los corazones revueltos y en obras, por asuntos de ex parejas. Yo estaba dejando atrás una larga relación y Joselu también estaba poniendo orden en su interior.

Tuvo que pasar un tiempo, el necesario, para que recuperáramos nuestra autonomía, tanto física como emocional. En cuanto nos dimos por saneados e íntegros, decidimos encontrarnos de nuevo, esta vez alejados de electro-estimuladores, de camillas de masaje y de geles efecto frío/ efecto calor; ¡bueno, de estos último no nos alejamos del todo!

Comenzamos a quedar, a vernos y a conocernos. La verdad es que nos adentramos en esta aventura sin expectativas, permitiéndonos fluir y dejándonos llevar por lo que iba surgiendo, día a día, hora a hora e instante a instante. Nos entregamos sin ningún plan, sin mucha mente, pero con mucho corazón. 

Además, nuestros encuentros eran, sobre todo, momentos cómodos, fáciles y nutritivos. No sabíamos hacía donde íbamos, lo que sí sabíamos era que íbamos a estar a gusto, a sentirnos comprendidos y en paz.

Y hasta hoy, seguimos improvisando, eligiéndonos cada día, y dejándonos llevar por nuestra brújula interna, la que se encuentra justo entre las costillas y el esternón.

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