«Lazos de amor»

La primera vez que nuestras miradas se entrelazaron fue en una junta de vecinos. Yo estaba presente, en nombre de mi padre, porque él estaba de viaje; y Sergio era nuevo propietario en la misma urbanización. Ahí fue donde, sin conocernos de nada, nos mirábamos con curiosidad, pensando por dentro: ¿qué hago aquí? 

Con el paso de las semanas, me fui dando cuenta de que, además de coincidir con aquel chico aquel día, me lo encontraba a menudo en casa de mi padre, incluso ¡comía ahí los domingos! Yo me preguntaba: ¿acaso no tendrá familia?… Y vaya si tenía, ¡numerosa además! Entonces, descubrí que Sergio había hecho amistad con mi hermano, y quedaban con frecuencia. 

Recuerdo que una tarde, nos cruzamos por el jardín. Yo iba caminando de la mano de mi hijo Hugo; y Sergio iba paseando de la mano de su perro. En aquel momento, Hugo tiró de mi para acercarse al perro, y el perro se acercó para responder a la llamada de Hugo. Nuevamente, Sergio y yo nos encontramos, por azar, en una situación inesperada.

Al tiempo, mi padre me pidió que acompañara a Sergio en busca de azulejos para la reforma que iban a hacer en casa. Sergio se dedicaba a la obra e iba a hacerse cargo de ayudar con la reforma de casa de mi padre. Subimos en su Fiat Bravo amarillo, y para allá que nos fuimos, esta vez, unidos en la misión azulejos. 

A partir de aquel día, Sergio se ofreció para llevarme al pueblo, cuando me hiciese falta, dado que yo no tenía coche y la urbanización está en las afueras. 

Rápidamente me fui dando cuenta de lo entregado y servicial que se mostraba Sergio hacia mí y hacia mi familia. No solo se ofrecía, sino que estaba atento para captar y aprovechar cualquier ocasión en la que pudiese ser útil y de ayuda. Me llamaba a pocos minutos de que Hugo saliera de la guardería Pirulos, que estaba a tan solo unos metros de casa de mi padre, para decirme cosas como: ¡Llueve! ¿Quieres que me acerque con el coche a por Hugo? Sin duda, me di cuenta de que Sergio tenía un alma dada a ayudar, a sumar y a compartir. 

Lo primero que compartimos fue una copa de Malibú con piña, luego un mando de la WII, y acabamos compartiendo nuestros labios en forma de primer beso. Ninguno de los dos tenía la remota idea de todo lo que nos quedaba por delante, todo un proyecto de vida compartida. 

Un buen día, Sergio llamó al timbre de casa de mi padre. En sí, esto ya es una sorpresa, porque habitualmente entraba por el acceso directo desde el jardín comunitario. Pero aquel día, nos tenía una sorpresa preparada… Vino a devolver un plato que, un par de domingos atrás se había llevado con comida. Ahí no acaba la sorpresa… ¡Vino vestido de traje, se iba directo a una boda! Fue una jugada magistral, ¡lástima que me pilló fuera de casa, y me perdí esa visita sorpresa! 

Pasaron varios meses, llegó el verano y con él decidimos empezar una relación oficial de pareja. Hacíamos cosas de novio, como ir al cine, dar paseos, y demás. Yo me sentía a gusto y feliz, excepto por un detalle y llevaba tiempo llamando mi atención. Para salir de dudas y saber con claridad, le pregunté con valentía: Sergio, ¿por qué no nos podemos coger de la mano en público? A lo que él respondió: No puedo, no puedo hacerles esto a mis padres… 

Sergio me explicó que sentía que, quizá, podía dar un disgusto a sus padres si se enteraban de que estaba saliendo con una mujer divorciada y con un hijo.  

Quisimos dar marcha atrás y olvidarlo todo. Pero finalmente venció el amor, decidimos hacer frente a nuestros miedos, a los posibles juicios y las opiniones de los demás, hasta armarnos de valentía y apostar por construir juntos una historia, nuestra historia, al margen de los estereotipos y de las estructuras típicas. 

Por fortuna, desde el minuto cero, comprobamos que contábamos con el apoyo absoluto por parte de la familia de Sergio y de las personas más allegadas. Nos dimos cuenta de que los miedos, eran eso, solo miedos que habitaban en nosotros, y que nada tenían que ver con la realidad.

Así que, en lugar de renunciar a lo nuestro por ser una pareja atípica, seguimos avanzando en nuestro camino. No nos limitó nuestra diferencia de edad, no nos limitó nuestro pasado, sino que nos impulsó para crear algo único, con una fórmula auténtica y verdaderamente nuestra. 

Nosotros sabemos qué se siente al decidir crear una familia. Lejos de venir impuesto por lazos sanguíneos, conocemos la fuerza del magnetismo que une lazos amorosos. 

Y precisamente desde ahí, llevamos años construyendo y compartiendo nuestro proyecto de vida. Estamos orgullosos y satisfechos, después de 12 años, de haber sido capaces de crear nuestra propia historia, creyendo firmemente en nosotros. Esto nos ha permitido crear un proyecto laboral consolidado juntos; y lo más importante, tenemos una familia única y unida. 

Hoy podemos afirmar que juntos hemos cumplido muchos sueños. El último fue el verano pasado, en plena pandemia mundial, nos casamos a orillas del mar, en la playa de Las Marinas, donde celebramos nuestra boda de ensueño.

Para amar libremente hace falta coraje, y el coraje, como bien sabemos los valencianos, viene del ‘cor’.

Deja un comentario