A veces, lo confieso, me siento malamadre.

En más de una ocasión, como madre, me he preguntado si lo estaba haciendo bien, si estaba haciendo lo correcto para mis hijos, o si me estaba equivocando. Es una pregunta que me viene, a menudo, a la cabeza. 

Quizá sea reflejo de mi deseo de hacerlo bien, de tomar buenas decisiones, y de dar lo mejor para mis hijos. 

Francamente, no siempre encuentro el sí como respuesta. A veces, entro en un dilema profundo, porque me siento en contradicción entre lo que digo, lo que siento y lo que hago. A veces, lo voy a confesar, me siento malamadre.

Recuerdo que, cuando mi hijo tenía apenas 9 años, lo llevamos a su primer campamento. Por una parte, sentía que era bueno para él, para que comenzara a socializarse, a vivir aventuras que fueran enteramente suyas, a que se desarrollara como niño y como persona. Por otra parte, sentía una tristeza gigantesca, una sensación de abandono y de descuido hacia él. 

Aquel día, lo dejé ahí, solo, en el campamento, llorando, llorando y llorando.

Aquel día, me fui de ahí, sin él, del campamento, llorando, llorando y llorando.

No dejaba de preguntarme: ¿lo estaré haciendo bien? o ¿lo estaré haciendo mal? 

Me brotaba del cuerpo un deseo enorme de volver a por él, recogerlo y llevármelo, para tenerlo cerca, conmigo, a mi vera, a la verita mía. Pero no lo hice. Sino que hice de tripas corazones, seguí el camino de vuelta hasta Dénia, y dejé que él experimentara su primer campamento.

Pasé unos días infernales, con una impaciencia que me devoraba por dentro, con pocas noticias, las justas para saber que todo estaba bien; pero… de nuevo, me preguntaba: ¿será esto que estoy haciendo lo correcto? o ¿será que me estoy equivocando? 

Comprendí que hacer de tripas corazones significa no dejarse llevar por la vorágine de emociones, de deseo de control y manipulación por mantener nuestro equilibrio, a costa de la libertad y experiencias del otro.

Comprendí que surfeando esta ola de emociones que quiere arrasar con todo, encontramos la confianza que habita en nuestro corazón para saber amar aceptando que somos guías y acompañantes de nuestros hijos, quienes recorren su camino, su vida y sus aprendizajes.

Cuando fui a recoger a mi hijo, unos días más tarde, lo encontré feliz, encantado, crecido y vivido. Estaba lleno de historias que contar, de batallas que compartir y de recuerdos que le acompañarían el resto de su vida.

Durante 3 años consecutivos, él mismo pidió volver al campamento, volver a un lugar donde descubrirse, donde seguir conociéndose a él mismo, haciendo amistades nuevas y reencontrándose con amigos de veranos anteriores.

Gracias a esta anécdota, mi hijo se ha apuntado a muchas otras aventuras, desde la granja escuela cuando era más pequeño, a todas las excursiones del instituto, hasta un intercambio en Alemania en 2º de la ESO.

Sin duda, fue un gran aprendizaje para mí. Me hizo ver la importancia de soltar, de soltar para trabajar e integrar el desapego, que lejos de lo que pueda parecer, significa amar incondicionalmente confiando en que el otro es capaz de encontrar sus propios recursos para hacer frente a las nuevas situaciones. Es soltar para hacer de él un ser resolutivo, que se sabe gestionar, y que se supera, constantemente. Un ser libre y orientado al crecimiento.

Soy madre, de mis dos hijos, pero yo no puedo vivir a través de ellos, ni ellos vivirán eternamente a través de mí. Hemos a aprender a forjar un vínculo sano, respetuoso y liberador.

¿Qué hubiera pasado si, en lugar de armarme de valentía y confiar en que lo estaba haciendo bien, hubiera sucumbido al deseo de control, atando a mi hijo en corto, impidiéndole crecer, a costa de mi tranquilidad personal?

Menos mal que no me hice mucho caso. No sé de dónde saqué la fuerza para soltar y dejar que ocurriera. Estoy agradecida a esta voz dentro de mí que me indicaba cuál era el buen camino, a pesar de mis miedos. 

Solo puedo decir, en honor a Laura Baena:

¡Malasmadres, 

hoy más que nunca

a malamadrear!

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